Dejé los atardeceres del Tunquelén I para pasar Año Nuevo en Costa

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por Luis Corfacho, notero aspiracional invitado

 

– ¿Vas a Poonta?

– Nah.

– Bueno Gordy, ¿nos vemos en El Mejillón?

– Naaaaaaaaa.

– Amore, ¿cuando llegás con el COT a la punta?

– ¡Nunca Jamás!

Esta charla surge mucho después del Veinte de DIC. Los que van a Punta del Este “de toda la vida” nos preguntan justo a nosotros, los que íbamos de arribeños, de jecán o a cubrir temporada durmiendo en cuchetta ajena durante Año Nuevo al Uruguay si nos ven allá, en la fiesta de Eduardo Sport o de Chopp Garden o si alquilamos depto en Tequendama.

De toque, por disforia de clase y vergüenza ajena y propia, y como no podía blanquear que el macrismo asesino destruyó la posibilidad de seguir mostrando lo que no soy ni nunca seré pero añoro ser, decía que no sé, que tal vez voy muy pasado en Reyes, que estaba viendo, que ni idea.

Después, me harté. Me harté de personas como yo que dan por sentado o parado que tu mejor Reveillon debería ser en Gorlero y 31 cerca de El Quijote gastando la guita que me garpa Víctor Santa María sin saber que soy antiderechos, aspiracionalero y gorila. Con un peso argentino derrumbado frente al de la banda oriental y los mismos precios irrisorios (¿no quise decir caros? cf. RAE) que hubo y hay siempre. Y las mismas jetas, el mismo acento chetto, los mismos pómulos brillante (¿y la s? pasale el corrector de Word).

Encima la misma pípol. Este año le dije no a los atardeceres naranjas de Aperol o Caña de José Ignacio, que tanto entran en el gram de algunos, me negué a juntarme con esos pavos que morfan rabas con aceite excessif, “miniaturas de caballa” bajo el techo de japa en Le Club, y decidí no quedarme atorado con medialunas calentitas en el auto yendo a la feria de Maldonado.

Este año, señoras, señores, niñas, niños, marcas, ambassadores de marcas, coiffures, ese viejito que me daba gratis agua del grifo, una uruguaya que me prestaba pareos agujereados… me voy a pasar Año Nuevo a Costa, saltando en una pata, al son del hit de “Donald” o sea tiritando. No porque me parezca bárbaro sino porque se dio (¿nada que ver con macrisis? nada que ver con macrisis), y a esta altura de leer autoayuda y a esa infumable de MARIE KONDO que te ordena todo, sabemos que lo mejor es “dejar fluir”.

Estoy solo aquí en este mundo abandonado

Estoy muy solo. El primero que se bajó de Uruguay fue mi amigo Gerardo. “No pienso pagar cien dólares cada ossobucco”, protestó, y ahí se encendieron todas nuestras alarmas (el año pasado también costaba cien dólares, porque cuánto vale un dólar, nos preguntamos. Eso vale, un dólar.) Gerardazo había puesto unos gomanes por un derpa en Terrazas de Manantiales con gomías, pero se iluminó, hizo cuenta de lo que costaba 500g de Requesón en el Devoto y le agarró una crisis de nervios que calmó con moscato y yelo. El pasaje del Colonia Estrés -que está carísimo-, llevar el auto en lancha (¿porque allá sin auto, qué hacés? caminás), y así hasta llegar a la frase que comenzó a circular en nuestro chat de íntimos donde nos pasamos fotos de todos los amigos que me dejaron (como conté en otra nota) porque creen que soy mal ser y lo soy. “¡Chicos, una Coca No Light en Punta te sale 400 mangos!”. No se diga más. “Nos dio re paja y cambiamos el plan totalmente, nos vamos a Costa. Nada que ver ehhh con la crisis ocasionada por un gobierno que todos nosotros votamos y chocó la moto y ahora tenemos a Lagarde en el Central. La verdad, amigos, estoy re entusiasmado, porque no voy hace mil y me pareció programón hacer algo distinto. Sacoa, preparate”, me mandó Gerard no Depardieu por audio. A la semana siguiente me crucé a Laura en el lanzamiento del perfume Pin Donga. Lau es una ex compañera de trabajo súuuper boluda que siempre iba a la 19 de la Brava después de hacer reenactment de bajada al pesebre en Navidad. El nabo, confieso que he vivido, fui yo esta vez y le pregunté dando por sentado (estaba acostado) que esta boluda iría si o sí al Uruguay, como decimos nosotros para no decir Punta. “Ni loca, ¿sabés lo que tenemos que poner por día para hacer punta con mi marido y los seis pibes? ¡Fortunas! Además nunca usamos forro y estamos esperando mellizos que nacerán con pañuelos celestes al cuello aún si no salen varoncitos”. “¿Y qué van a hacer?”, le pregunté con la mandíbula dilatada por sus palabras. Me tiró que con el fajo de prístinos usd en efectivo que había que poner tacatín para alquilar un sucucho atrás de El Jagüel se mandaban alto mes en una torre adentro de un barrio cerrado adentro de un country que está adentro de Nordelta. Sin pileta. “Mucho más programa para todos, ¡imaginate! Y con lo que nos ahorramos llevamos a los chicos a Miami en junio, ni hablar. Yo que estoy con la panza explotada me voy a comprar muy de todo en los mall. Garpa mi dorima”.

La tercera que le dijo naaaaaaah a Punta fue mi amiga Nabina, de 28 muy mal llevados años, que siempre va. Esta vez las cosas “no fluyeron” (no es error, digo eso, “no fluyeron”.) A Nabbie y a su novio, el chiste de Año Nuevo enfrente de los cotures que juegan Burako por guita en Posto 5 les costaba exactamente lo mismo que pasar el 31 en New York con nieve real (H2O3), decoración de papanueles de primer mundo y proyección de Mi pobre Angelito 2 en la 2da y 24, sin mantas. “Fui una década entera (coincidió justo que no estaba Macri) a Punta, esta vez no me pareció coolo dos días de chagar para ir en combi desde Las Delicias hasta La Barra súper estresada y sin poder tirarme a fumar uno. Por eso esta vez decidimos ir a Villa La Angostura, que es carísimo. Allá la naturaleza es increíble, hay árboles que te podés llevar de los parques naturales, unos hoteles geniales a muy buen precio, mapuches que te quieren moler a palos, gringos que cierran caminos para que pasemos tranqui y lo más importante morfi pasable. Además, no hay mucha mersada, no es un hormiguero, y lo que yo quiero en Año Nuevo es ponerme muy en pedo y si puedo, vomitar bastante. En Punta del Este bajó mucho el nivel de fiestas, va cualquiera, no es más gente como vos o como yo, pasa lo mismo que en el Polo: son espacios invadidos por mucho pose, y eso hace que todo explote”. Su preocupación es el Polo. No Volkswagen.

Vuelvo Al Bosque Estoy Contento De Verdá 

Nabina va al lugar más cool (¿de verdad esa palabra? de verdad) de la Patagonia invadida por foráneos a comer en el restaurante del hermano de la reina Máxima cuyo padre fue cómplice de genocidas y por eso no lo dejaron ir al casorio,  mientras yo me iré al Teatro Maris Lanzani a contemplar desde el balcón de mi suegra la marquesine de Carmen Barbieri, Fede Bal y su padre, Santiago, abrazados y en calma.

Cuando fui hace un par de días a lijar la carpintería metálica del depto que es 3er piso lateral baño completo ya estaba el cartel, que incluye a Mica Viciconte y Sol Pérez vestidas hot y finas. Me pareció genialmente bizarro arrancar el 2019 ahí porque son igual de grotescas las fiestas fiestas (repetí la palabra y al editor “SE LE PASÓ”) de blanco de José Ignacio que las marquesinas del teatro de revista. 

Una vez que me decidí, llamé a los pocos amigos que me quedan que son dos y a uno le debo guita, todos arriesgados como cuerpo de rescate en el Tíbet, y cambiamos el boliche que tiene el hijastro de Franco Macri por unos buenos churros en Manolo, pero el de costa no el de poonta!

Con la plata que nos ahorramos en esos diez días esteños garroneándole tragos en Tequila a la pobre Paola (el año pasado un Pantera Rosa costaba veinticinco dólares de los nuevos), pagaremos gran parte de un viaje para ver árboles en japón y salir a bailar en Pekín, que tenemos programado para mayo-junio. Y no miento, aunque siempresumo y me hago el que pertenezco pero no: mi prima Hilde, que vive en Fidji, me tiró el dato que es secreto. En vez de venir a Capital en enero, pero sin pasar el 31 en La Huella, el boliche barato de José Ignacio como lo hacía cada año, le alcanza para diez días entre Kiev y Grozni, experiencia que le parece mucho más interesante y peligrosa.

También sirvió para convencerme de que puede ser mucho más díver mirar chinos haciendo artes marciales en una plaza que a una diva de los 80 bailando desaforada en Bikini, aunque esa diva a veces me ha dado notas, hospedaje y una fruta cuando estaba triste. Para completar el cuadro, mi hermana también se bajó del Este. Sus amigas la siguieron, porque a causa del macrismo insisto están fundidas. El día de Black Friday apareció una oferta de siete noches en un hotel cinco estrellas frente al mar de Leblon (“la zona más chic de Río de Janeiro” che a esta altura no puedo seguir este pibe es la definición de la nabidad), con aéreo y desayuno incluidos -ojo, que nos hacemos los regios pero todo suma- por la misma cifra que, adivinaron…punta.

Mi hermana y su grupo de amigas cambiaron Punta por Río mientras las minorías huyen de Bolsonaro, y están convencidas de que no se arrepentirán. Hay gente, como yo durante la última década, que prefiere clonarse con los suyos para figurar en la fiesta de Lacoste o de Gilberto Scarpa y exclamar “Voy a Punta”. Otros, por la misma plata, preferimos conocer algo completamente distinto (el mayor balneario de sudamérica es algo distinto, sin duda) a este “deber ser” que nos impusieron desde chicos unos padres descerebrados y hasta hace poco practicábamos chochos de la vida. También están los que tienen casa en Uruguay, los que bajan billete por alquiler carely, y los que van a Punta porque aman sus playas y no se prenden en la pavada esteña que amé y amo pero Víctor no me aumenta y no puedo ir. Todas las elecciones son válidas, siempre y cuando la cosa “fluya” como agua de manantial hacia la base del cerro.

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