Los Retazos de una Gran Ola

La gran escritora Florencia Sabieno (@florrsa), visitante de lujo de nuestra playa, escribió en exclusividad sobre su propio recorrido hacia Costa y el cambio de nominación de chacinados que surge, entonces, a través de su pluma sensible. La “Muni” le agradece, también este medio que es oficial, antes de recibirla en el verano… ¡Dictará un Taller Literario Marítimo en Casa Böhm!

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Estoy almorzando un pebete mientras conduzco en el Fiat 600 que le tomé prestado a un amigo. Lo miro detenidamente: jamón y queso. ¿En serio jamón y queso? Abro la ventana y lo arrojo sin terminar. Enciendo la radio. El propósito de este viaje era despejarme de la apabullante ciudad de Buenos Aires y cambiar la concepción que todos allí tienen de mí. Y yo voy y me compro un pebete de jamón y queso.

De muy chiquita, veraneando en la costa argentina surgió mi apodo. Estábamos comprando comida, en fila uno por uno hacia su pedido en el mostrador. Llega mi turno y pido un pancho con mayonesa y kétchup. Contenta con mi elección, llego a la mesa donde mi familia devoraba sus alimentos. Miré sus panchos con salsa criolla, cebolla de verdeo y queso crema, cheddar, salsa de camarones y finalmente el mío simple con dos aderezos. Ahí me bautizaron: “el Pancho Aburrido”. Dirán que fue un sencillo cargoseo del momento pero a partir de ese instante, todas las decisiones que tomé en mi vida fueron del palo del Pancho Aburrido. Se tornó una característica más que un insulto a la salchicha bañada de rojo y amarillo. Uso una camisa blanca con un pantalón negro, hice un Pancho Aburrido. Me ato el pelo con una colita, Pancho Aburrido. No quiero probar comidas exóticas ni agregarle extras a mi pedido, Pancho Aburrido. Como chocolate aireado, Pancho Aburrido. Si prefiero quedarme un sábado por la noche resumiendo apuntes de la facultad, el gran Pancho Aburrido se burla de mí. Es mi karma. Por eso decidí salir de viaje, salteándome todo tipo de responsabilidad. Había escuchado que el lugar al cual me dirijo es un completo cambio de aire, el lugar donde todo es posible. Los pocos kilómetros que me distanciaban de mi destino los completé de noche. Siempre me causó gracia la ruta de noche, verse obligado a encender las luces y trazar el recorrido como si fuera un mapa desconocido en el Age of Empires.

Llegué a las 05.32 am. La hora cinco es igual a la suma de los minutos tres y dos. Estacioné directamente en la playa. Dejé el calzado en el vehículo y como equipaje no traje en esta escapada de la realidad cotidiana, sólo tome mi voluntad de cambiar, un poco de plata y mi celular. Una vez con la arena infiltrada en mi piel inspiré hondo y paré al carrito de comida. Pedí un choclo entre dos panes con sal, manteca y queso parmesano. En el grupo de whatsapp familiar se preguntaban por mi paradero y les contesté: me fui porque quiero ser un Pancho Divertido. Doy el primer bocado mientras los retazos de una gran ola me mojan los pies en la orilla y me siento nueva otra vez. ¿Dónde estoy? ¿En las costas de Grecia? ¿España? ¿Miami? ¿Dubai? En absoluto. Estoy en Costa del Tuyú: mi recreo mágico en el que no me llevo sólo alfajores artesanales de recuerdo sino una nueva forma de ver el mar, la espuma, el viento, la arena, el mundo y desintoxicarme de mi vida.

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