Como un Arca de Noé llena de personas en la Sala De Máquinas

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Mi amigo Pavo y yo seguimos perdidos en su renoleta, a eso de las 10 y “pico”, tratando de encontrar la algo tapada por ramas nueva chacra de Nicolás Repetto y Florencia Raggi, anfitriones de una nueva edición de la fiesta Fideos Manera que se hizo anteanoche. Es noche oscura. No vuela ni una mosca. Se dicen todos los dichos. Hay clase, hay cliché.

De repente nos topamos con otro auto fino, al parecer buscando lo mismo que nosotros. Paramos, bajamos la ventanilla, pero nos quedamos con el manillar en la mano, y a los gritos a través de la oscuridad y el cristal reconocemos a Carlos Alberto Beto César, quien está al volante, pidiendo indicaciones desde su VHF. “Car”, le digo tranquilamente, como si estuviera en la puerta de Tiziano después de una función de Tetanic. “¿Sabés cómo llegar a la fiesta?” “Ni idea, estoy perdido igual que vos”, me contesta, y abre la Peuser pero no halla respuestas. Finalmente localiza el camino, nos hace señas y lo seguimos hasta estacionar y entrar juntos.

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La casa, enteramente construida de tejas de guatamboo que impactan a la vista, se va llenando lentamente de lo más vibrante de la elite porteña, ¡como si se tratara de un Arca de Noé megaultra top house music jazz destinada a salvar a una especie high class en extinción!. Hay parejas de bailarines clásicos –Petunia y Semillita-, de modelos internacionales –la mamá de uno de los Strokes no sé cuál y el sobrino de Ante Garmaz-, de chefs con amigas que también cocinan por televisión –Guillermo de El Corralón y Ana Laura “Kitty” Locane que no sabía nadie si seguía con Aldo Funes-, de banqueros y socialités –Carlos de la sucursal Barracas del Banco Alas y las chicas de Bebéte Toda La Miel-, todas sumadas a un selecto grupo de periodistas, diseñadores, relacionistas públicos PR te anoto 7 free y dos pagan, unos pendejos que pasaban algo con un ipod re embole, decoradores, managers, El Mago Sín Límites y hasta un atracción algo inefable para que nadie se aburra: el simpático Robertito Funes Ugarte, que dijo ésta es la mía y no era.

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Todos se saludan con efusivos abrazos y un “qué bueno verte”, “qué lindo encontrarte”, “¡hace mil no nos veíamos!”. Está replete de paracaidistas en esta fiesta, que no los conoce ni el loro, pero aguantan entre chupi y chupi de agua de azahares. La festichola va por su novena edición en Punta del Este y hace tres años decidió dejar de ser multitudinaria para convertirse en un evento de sólo 300 personas, celebrado en la casa de un referente esteño. ¿Nico habrá bajado un mango o todo lo pone la firma de alimentos italianos? No sabemos.

Primero fue Valeria Mazza, luego un imitador de Daniel Tinayre y ahora la pareja más emblemática de José Ignacio, que cumple veinte años de unión y de juntar Buenos mangos, y es la primera vez, en tantas temporadas, que brinda una fiesta en su refugio veraniego.

Bajo un estricto dress code de White party (¿“vestirse de blanco”? Por qué no hablar en español digo yo, pero no lo cumplo) los invitados hombres no se animaron a innovar y todos, sin excepción, vistieron camisa de Chemea y pantalón blanco de Eduardo Sport en perfecto heladero  de Laponia mood (este detalle le quitó un poco de osadía a un Punta del Este cada vez más jugado en este sentido. Aclaramos, lo de jugado es que un trepa o un financista con cuentas incomprobables se clave una harapada de color no azul, no hay expermientación artística, bueno quedó claro). La mujeres, más jugadas, se esmeraron en lucir vestidos cortos, monos tití, pareos de Gesell, shorts con blusas bien de gallo, y muchos diseños vintage de El Camarín, la firma vedette de la noche que vistió a la anfitriona Florencia Raggi y generó encuentros crispados entre Andrea Bursten y la modelo Daniela Gómez, ambas con un vestido exactamente igual. Chicas, chicas, no se peleen, que hay mucha tela y son 20 personas, una fiesta de una marca y el 10 de enero ya rajaron las promotoras, desarmaron las banderas, y metieron todos los cuernos.

Pero la diversión real no ocurrió mientras los invitados comían, bebían, se frotaban champagne y entablaban conversaciones boludísimas en los paradisíacos jardines de la mansión, sino a la una de la madrugada, cuando el dance floor importado de Rocha, era antes parte de un pelotero, ubicado en la galería de Nico y Flor se vió colmado de figuras animadas por la música.

Eduardo Costantini o Francisco de Narváez, uno de los dos, vestido con saco blanco y zapatos de charol que no brillan al tono, baila desaforado un mash up de Rihanna, Withney Houston y Badi, y logra una de las postales más interesantes de la noche, casi tan divertida como una sacada Marcela Tinayre luciendo una enorme compota de flores en la cabeza, bandera de Nueva Chicago y dos portatuto de fieltro, y bailando descontrolada como tía con onda pero sin, en fiesta de quince junto a su hijo Nacho Viale, asediado por jóvenes modelos en expedición de cacería social/mediática.

A las 2.40 (anotamos en nuestro Ulysse Nardin Gmt Big Date la hora, con un rayocito en el vidrio) comenzó a sonar una versión remix de “El amor de mi vida”, de Edy Sierra, esto lo puso el periodista no crean que salió de nosotros en este balneario, y todos se abrazaron y cantaron el estribillo como si estuvieran en una fiesta de casamiento, y a mí me pareció que ya era hora de dejar a Nico y Flor tranquilos en su chacra de José Ignacio y no seguir bebiendo para cantar más y más hits ochentosos hasta el amanecer. SU NOMBRE ES EDDIE NO EDY! LA CANCION MARAVILLOSA EL AMOR DE MI VIDA ES DE 1990, NO PIFIEN MAS.

Afortunadamente, el resto de los asistentes pensaron casi lo mismo que yo y pasadas las 3 de la madrugada, con unos champans y unos ginebras llave encima, la mayoría emprendió la retirada de manera elegante y sin glamour. ¿De qué otra manera podés rajarte de semejante noche careta y aburrida? Arrancás para Medialunas Calentitas y capaz pasan pibas y pibes de otro mambo. No tango.

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Dos jornadas a puro jugo y lounge

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¿Nos vamos a acampar? No, nos vamos de carping. No tenemos la menor menor idea de quién creó esa palabra tan apropiada, así de una, para montarnos en este tren o trend. Pero en pleno lunes (día de semana, es laboral informa el gremio) decidimos lanzarnos a lo sauvage, y no se trata de un estilo de pelo y makeup. El comienzo resulta venturoso: Camilo de Muelle Bar nos recibe en un sintético ambiance con muy bajo nivel de infraestructura, que se encuentra cerca de la ruta interbalnearia, previo abono de peaje con tarjeta magnética. Con un pequeño pony que prestó “de onda” Tante Puppi, un jugo para degustar (sabor naranja nomás), y dos churros de Mr Bajón, ¡la tarde está al caer! Llega un poco tarde la tarde.  Quienes nos atrevemos a montar formamos parte de una postcard perfecta, tomados de la mano de un grupo de influencers con finger food entre los dedos, tan preparados a vivir esta fiesta del chivo que promete combinar nature y dispositivos. Se cortó la luz.

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Al llegar a la carpa principal (o techos galpones tinglados) la tradicional disco Sunset ya estaba cerrada y nadie podía inaugurarla de nuevo. La música, incandescente, salía de un PC con mp3 comprimidos y a volumen máximo. Era Pato C, por supuesto, y sus maravillosos tunes. Dos chef recién egresados del IAG preparaban, iluminados por lanterns y sus propios celulares sin señal, mini palos de jacob y fricassé de verduras de otra estación. Además, “deliciosos choripanes boutique” como publicaron realmente y sin aditamentos ni modificación en un diario argentino. A pocos metros de allí, pero a merced de las pirañas y los cocodrilos dundee, rodeadas por tundra y barro, enmarcadas en luces de una antigua kermés, se encuentran nuestras tiendas. Están decoradas por Tersuave, tienen dos bolsas de dormir de nylon 100% cada una (con colchones de fieltro), una mesita de luz -con velas, pelente, agua del grifo y un Poett vencido-, varios kit de supervivencia life is life, y una mochila con sorpresa: la cámara retro Pupilent Voss. Antes de dormir, un mate manchado (bautizaron mapuchino) con la forma de un gato mascota, delineado por barchistas, con agua caliente o a veces tibia de un Thermos que trajeron del Brasil en forma de bagayo. O sea: sin pagar “aduana”.

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Nos invitan a pasar al casco de la estancia lodge en una travesía por el campo con poca luz de farol y linternas sans pilas. No se veía casi nada. Allí nos espera un inmenso cool music fire en el que Miguel “Conejito” Alejandro interpreta a viva voz sus temas propios. En el espacio de fuego, no estaba acompañado de su guitarra sino solo. Brilla una simpática pulpería en donde el único chef que está sobrio sirve el plato principal: arroz con pollo. Dos amigos le agregan queso que trajeron pero no se puede. Es tiempo de la suelta de perros hambrientos, espectacular por donde se la mire. Todos huyen despavoridos y se pierde el control de la situación hasta que reina la calma de nuevo sin razón. Una srta. fue mordida.

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Al terminar, volvemos a la zona de tiendas carping porque se proyecta La Carpa Del Amor en un improvisado movie cinema con camastros. La laptop encargada de pasar el filme tenía poca batería así que la mitad de la película quedó sin exhibirse pero a nadie le importa un comino a esta altura. Después, a dormir bajo un tul antiinsectos con el silencio profundo de la noche vacía.

La mañana de resaca nos halla desprevenidos. Vibran sesiones de masajes, reflexología, happy pressing y otros asuntos de dedos. No faltó la oportunidad para hacernos un mimo para el cuerpo y el alma, y fue con un salad massage, hechos con dressings o a veces plain, sin textiles. Al borde del tanque australiano. Inmejorable pero con agua estancada. Como es un carping y no un camping, los invitados salen de sus tiendas arreglados con ropa de salir y un pañuelo en el cuello porlas. El PR y relacionista Orland Reinoso, con un vaquero achupinado y remera-maillot, mientras que la joven diseñadora María Mónica emerge de su sueño liviano con un ajustadísimo solero que no precisa itálica.

Quienes nunca habíamos hablado sobre caffés de New York, ni entendimos jamás qué quiere decir aspiracional, pensamos que al final no está tan mal pasar una noche en contacto con la naturaleza, ver animales vivos y frotarnos pasto fresco por la nuca. ¿Así cualquiera? Sí. Fue cualquiera.